Che
Che loco.
Estaba en el colectivo yendo a lo de Fabiola cuando se sube un pobre hombre, bajito sucio y maloliente, que le dejaron pasar sin pagar. El pobre rengueaba. Bah, nisiquiera rengueaba, arrastraba los pies muy lastimosamente sin casi poder levantarlos. Estaba evidentemente enfermo. Pero era de lo más bueno, prefirió sentarse en el escalón del micro a que una señora le cediera el asiento. Hablaba fuerte y con gracia, incomodaba a los pasajeros cosa que me gusta por lo general. Al rato se libera uno y él puede sentarse. Me caía muy bien, pero me alegró eso ya que al alejarse se fue el pestilente olor que tenía.
Sube una vieja que se empieza a quejar porque le comió la moneda la máquina. Una despreciable mujer, del tipo de las que se preparan todo el día, se maquillan y se arreglan especialmente para despedir ese aire orquestal de inmundicie. Orquestal, porque para hacer su acto de indignación retórica, agrediendo al colectivero y reclamando una satisfacción, ni siquiera le miraba al hablarle, sino que se dirigía a nosotros, el público, levantando cínicamente sus cejas pintadas mostrando sus facciones asquerosos. En lo que nuestro pobre héroe salta, sin levantarse de su asiento claro, le dice "yo le pago señora, cuánto le falta?" La señora rehúsa el ofrecimiento, él le contesta "por qué se la agarra con el chofer, él no tiene la culpa, es su trabajo, la máquina es la que falla, no él". Luego sale el boleto, la mujer nisiquiera puede tragarse su orgullo de zona sur y muestra gloriosamente, no se sabe porqué, el boleto, como si hubiese ganado algo y tenía la razón, en este país, con los argentinos y los negros, donde nunca va a funcionar nada. Yo me bajo y la mujer se baja. Había viajado menos de 10 cuadras. Por ahí quería esperar otro micro para hacer lo mismo, o rezarle a alguna iglesia por su vida triste y seguramente sin nietos ni gente que querer, y sin trabajo ni nada que hacer, porque eran como las 11 de la mañana y ahí es cuando salen de sus agujeros los viejos de mierda que te miran cuando pisás lo que para ellos son sus veredas y uno no puede decirles lo mucho que nos molesta su actitud excepto con una mirada de odio y desprecio y por ahí a veces escupiéndoles las veredas que baldean en otoño.
Estaba en el colectivo yendo a lo de Fabiola cuando se sube un pobre hombre, bajito sucio y maloliente, que le dejaron pasar sin pagar. El pobre rengueaba. Bah, nisiquiera rengueaba, arrastraba los pies muy lastimosamente sin casi poder levantarlos. Estaba evidentemente enfermo. Pero era de lo más bueno, prefirió sentarse en el escalón del micro a que una señora le cediera el asiento. Hablaba fuerte y con gracia, incomodaba a los pasajeros cosa que me gusta por lo general. Al rato se libera uno y él puede sentarse. Me caía muy bien, pero me alegró eso ya que al alejarse se fue el pestilente olor que tenía.
Sube una vieja que se empieza a quejar porque le comió la moneda la máquina. Una despreciable mujer, del tipo de las que se preparan todo el día, se maquillan y se arreglan especialmente para despedir ese aire orquestal de inmundicie. Orquestal, porque para hacer su acto de indignación retórica, agrediendo al colectivero y reclamando una satisfacción, ni siquiera le miraba al hablarle, sino que se dirigía a nosotros, el público, levantando cínicamente sus cejas pintadas mostrando sus facciones asquerosos. En lo que nuestro pobre héroe salta, sin levantarse de su asiento claro, le dice "yo le pago señora, cuánto le falta?" La señora rehúsa el ofrecimiento, él le contesta "por qué se la agarra con el chofer, él no tiene la culpa, es su trabajo, la máquina es la que falla, no él". Luego sale el boleto, la mujer nisiquiera puede tragarse su orgullo de zona sur y muestra gloriosamente, no se sabe porqué, el boleto, como si hubiese ganado algo y tenía la razón, en este país, con los argentinos y los negros, donde nunca va a funcionar nada. Yo me bajo y la mujer se baja. Había viajado menos de 10 cuadras. Por ahí quería esperar otro micro para hacer lo mismo, o rezarle a alguna iglesia por su vida triste y seguramente sin nietos ni gente que querer, y sin trabajo ni nada que hacer, porque eran como las 11 de la mañana y ahí es cuando salen de sus agujeros los viejos de mierda que te miran cuando pisás lo que para ellos son sus veredas y uno no puede decirles lo mucho que nos molesta su actitud excepto con una mirada de odio y desprecio y por ahí a veces escupiéndoles las veredas que baldean en otoño.
Etiquetas: De cuentos y crónicas