De la vergüenza
Claro llega el momento en que uno finalmente consigue eso y deja de tener vergüenza, incluso, se avergüenza de alguna vez haberla tenido. En ese momento todo es muy lindo, es el gran salto. Pero luego, luego, uno cae en que la vergüenza no es un mal ni estigma sino una maldita señal de advertencia de la cercanía del peor monstruo devora hombres que existe en esta tierra: el mal gusto. Está bien deshinibirse y todo, por supuesto, es el camino a tomar. Pero, mierda, con estilo al menos, sino, hacemos mierda y destruímos el universo. Bah al menos yo, claro.
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